En Ajuar exploro cómo el lenguaje pictórico se expande más allá del lienzo y dialoga con los moldes sociales que históricamente han definido lo femenino. La pintura acrílica es trabajada en moldes de repostería con forma de encaje, donde se seca hasta formar una costra. De esta manera, la pintura asume la apariencia de encaje y se inscribe en una tradición académica en la que ha simulado otros materiales, pero aquí lo hace desde su propia materialidad.
Estas costras, semejantes a tiras de encaje, son trabajadas en acumulación de capas sucesivas para crear una imagen que refiere a una prenda de vestir. El procedimiento retoma la misma gramática de la pintura —la superposición de capas— pero en esta ocasión la factura queda visible, expuesta en su fragilidad y densidad.
Esta lógica de acumulación remite a procesos de sedimentación y memoria, vinculados a los condicionamientos culturales que modelan identidades y cuerpos.
En este tránsito, la pintura se libera de su soporte tradicional, aunque para hacerlo deba atravesar la disciplina del molde, tensando la relación entre libertad y restricción, delicadeza y control.